
Estremecedores testimonios de todo esto pueden hallarse en el video llamado Los Invisibles, producido por Marc Silver y Gael García Bernal, el conocido actor mexicano, difundido por Amnistía Internacional. Estos migrantes son, en efecto, invisibles, pues a pesar de ser miles y padecer esta tragedia a diario, el resto de la sociedad no se da por enterada o, al igual que ellos mismos, se ha habituado tanto a convivir con ella que ya es como si no existiera.
El tema no es nuevo. En realidad, la lista de los invisibles es muy antigua y bastante extensa. Invisibles son, por ejemplo, los 15 mil peruanos que han muerto en accidentes de carretera en los últimos 5 años, producto del pésimo sistema de transporte que existe al interior del país. Sus usuarios aceptan la posibilidad de la muerte con naturalidad y siguen subiéndose a vehículos en cuyo mantenimiento nadie invierte un centavo, poniendo su vida en manos de choferes inexpertos e indocumentados que se desbarrancan cada semana. Es eso o nada.
Invisibles son los casi 50 mil adolescentes que pese a vivir en Lima y estar en edad de cursar la secundaria, no asisten a ninguna escuela. Si sabemos que la educación escolar no les posibilita las capacidades que necesitan para afrontar la desocupación o un empleo precario a razón de 0.80 centavos de dólar la hora, la falta de ella les dejará aún más desarmados ante la pobreza y la tentación de la ilegalidad o la violencia. El sistema educativo formal no tiene nada que ofrecer a estos muchachos y jamás le ha interesado tampoco acomodarse a sus posibilidades. Demás está decir que la llamada «educación alternativa» dirigida a quienes no pueden asistir a clases regulares es la modalidad en la que menos invierte el Estado peruano y cuya calidad nadie supervisa. O lo toman o lo dejan.
Invisibles son también las más de 60 mil adolescentes que se embarazan cada año, sólo en la ciudad capital. Los dramas de cada niña son su problema y la única respuesta que suelen recibir de parte de sus maestros es la separación del colegio, además de la censura moral. En el mejor de los casos, la autoridad educativa repartirá libros sobre sexualidad que les enseñen las diferencias anatómicas entre hombre y mujer, sin avanzar más allá por temor a la reacción eclesiástica; o se pondrá de lado para que el Ministro de Salud se haga cargo. Las niñas tendrán que aceptarlo y marcharse a casa o acabar en una clínica clandestina.
La política educativa, más allá de la insufrible y vacía retórica oficial o la emisión de normas que después se incumplirán sin que nada pase, no tiene respuestas para ellos. Son los invisibles y tendrán que aceptar que la exclusión, la frustración y la indiferencia son la otra cara de su derecho a educarse, contra la que no hay vacuna disponible. Aunque quizás sí. Podríamos probar con una política pública auténticamente interesada en las personas antes que en la imagen, el beneficio político y los pequeños intereses de las autoridades de turno.
Por: Luis Guerrero Ortiz
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