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viernes, 24 de abril de 2009

¿Cuándo educar puede volverse una pasión?

Por: Luis Guerrero Ortiz



¿Cuál es el mínimo de condiciones que una persona requiere para amar lo que hace y para perseverar en su entusiasmo contra viento y marea? ¿Existen personas apasionadas por sus opciones o sólo gente común que unos días se inflama y otros días se aburre o se estresa haciendo las mismas cosas? El alto grado de identificación que uno podría lograr con su quehacer principal en la vida ¿Es compatible con la ansiedad, el cansancio y hasta la angustia que este quehacer pudiera producirnos en varios tramos del camino? ¿Depende sólo o principalmente del profesor que un estudiante se entusiasme por aprender o depende más bien de las muy diversas influencias a las que está sometido a largo de su vida? Resumo en estas cuatro preguntas los agudos comentarios de Fernando Bolaños y Dania Franco a una nota anterior, en la que distinguía tres maneras de educar, siguiendo la teoría de Mihaly Csikszentmihalyi: la marcada por el estrés, la atravesada por el tedio y la guiada por la pasión.

Respecto a la primera pregunta, es verdad que las emociones dependen más de las circunstancias que de la voluntad, pero también es cierto que la voluntad puede crear las circunstancias que hagan surgir la emoción. He conocido maestros que creen que su motivación, sus decisiones y su comportamiento dependen básicamente de factores externos y por lo tanto de una voluntad ajena, considerándose siempre víctimas de sus circunstancias. Pero he conocido también a maestros que se sienten capaces de modificar su realidad y de construir las condiciones que les permitan avanzar hacia sus objetivos. Es decir, que no se sienten víctimas sino protagonistas.

Ahora bien, hablar de la posibilidad de vivir el quehacer educativo como una pasión no es hablar del mayor o menor grado de placer que pueda provocarme alguna actividad coyuntural, sino del agrado y satisfacción de mis opciones de largo plazo, las que determinarán el tipo de actividad que realizaré siempre. Hay maestros que pueden sentir menos agrado por lo que eligieron o lo que les tocó hacer hoy, pero nada podrá quitarles el agrado de enseñar. Algunos podrán sentirse menos satisfechos que otros al no haber alcanzado todas sus metas o no disponer de las condiciones que le permitan hacer aún mejor lo que hacen, pero aman lo que hacen y eso es algo que no pueden disimular.

Respecto a las otras preguntas, no hay duda que cualquier ser humano normal atraviesa diversos estados emocionales. Quien vive la educación como una pasión no es invulnerable a la tristeza, la angustia o el aburrimiento. Más aún si el camino que me conduce a las metas donde he colocado mis afectos puede estar lleno de retos. Se que afrontarlos me va a suponer una cuota inevitable de estrés, peor aún cuando no elijo el mejor modo de hacerlo y debo, además, hacerme cargo de mis frustraciones para poder seguir adelante. Pero si amo lo que elegí hacer en la vida, nada de esto implica necesariamente el deseo de tirar la toalla y abandonar el juego.

Finalmente, si la pasión por enseñar y aprender existe y es tan productiva ¿De quién depende que surja? La respuesta no es simple, pero estoy convencido de algo: aún en las circunstancias más adversas, es la calidad de mis vínculos con los otros y mi certeza de que sólo la curiosidad, el deseo y la aspiración llevan a la gente a mover montañas, lo que no permitirá que me instale en ninguna rutina tediosa ni amargada. Gracias Fernando y Dania. Hasta pronto.

Publicado en Pluma y Oído
Coordinadora Nacional de Radio
Lima, viernes 24 de abril de 2009

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