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jueves, 25 de febrero de 2010

Inicio de Clases: La Norma que Faltaba

El diccionario define la palabra «bienvenida» como manifestaciones de agrado dirigidas a una persona que llega, las que a su vez le comunican que se le admite y acoge. En lo que a mí respecta, no recuerdo haber vivido nada parecido a eso en ninguno de los colegios donde estudié. Uno sólo ocupaba su carpeta y listo, la función comenzaba. Por ahí tal vez alguna perorata del director en el patio principal invocando los valores y la responsabilidad, pero nada más. Es decir, nada personal. Ahora bien, las bienvenidas ausentes no eran sólo la omisión de un rito de saludo. Para ser sinceros, la presencia de uno -era fácil comprobarlo- no generaba agrado ni desagrado a la institución. Le era indiferente. A menos que rompiéramos algo o le pegáramos a alguien, todos éramos invisibles.

Jaques Derrida, un filósofo contemporáneo muy influyente, dijo que la identidad humana no puede afirmarse como identidad si no es abriéndose a la hospitalidad y a la perspectiva del otro. Digamos que si es en el encuentro con los demás que aprendemos a conocernos y a encontrarnos con nosotros mismos, sólo en la acogida nos humanizamos. Ausente la acogida, sin embargo, quedamos reducidos a un montón de gente circunstancialmente reunida en un lugar al que ninguno eligió ir. En mi experiencia escolar, las identidades sobraban y los vínculos también. Éramos tan sólo un número y, en el mejor de los casos, un apellido. La amistad era apenas una posibilidad, que dependía de lo que cada uno pudiera o quisiera hacer fuera de las horas de clase. Ahora veo que en sentido estricto esa experiencia era inhumana.

A pocos días del inicio oficial de las clases, me pregunto cuántos niños y jóvenes que llegan a una escuela por primera vez, sea porque debutan o los trasladan, vivirán la experiencia de la bienvenida. Me pregunto cuántos centros educativos se han preparado para hacer que sus nuevos estudiantes se sientan genuinamente acogidos e incluidos con agrado. Se sabe que la hospitalidad es un valor presente de distintas formas en todas las culturas y que representa, además, un ingrediente importante de la convivencia. Crea lazos, identificación, el sentimiento de ser parte de un grupo y un lugar. Por eso, en varias partes del mundo hay escuelas que reciben estudiantes de distintos pueblos que inician su año escolar con un plan de acogida. Plan que puede ir desde cosas tan básicas como una mutua presentación y una visita guiada por el centro educativo, hasta la colocación de paneles con datos de los lugares de procedencia de todos los estudiantes, entre otros gestos amables.

Me preguntaba un grupo de maestros cuál de todos los cambios necesarios en la práctica docente elegiría como el primero. Mi respuesta fue inmediata: miren a sus alumnos. Las escuelas en general son instituciones rutinarias, siempre apremiadas por ejecutar su libreto en los plazos de rigor. No queda tiempo para detenerse a observar a nadie. Por eso los estudiantes son invisibles. No obstante, la necesidad está allí y juega un papel más gravitante de lo que se presume en los aprendizajes: la de ser notados por sus maestros, la de sentirse reconocidos, bienvenidos, incluidos, entendidos, apoyados, la de vivir la experiencia de la hospitalidad.

Filósofos de la talla de Hannah Arendt o Paul Ricoeur definían la educación como acción ética, pues exige la práctica de la hospitalidad y la acogida del que llega. Hoy sabemos, además, que los sentimientos de seguridad, confianza e inclusión, que surgen de la acogida, son los que hacen posible la apertura de la mente al conocimiento. «Comienzo a comprender las bienvenidas mejor que los adioses» decía el poeta. Nos haría mucho bien a los educadores suscribir la frase.
Por: Luis Guerrero Ortiz



Autocontrol Emocional

"El hombre que ha puesto sólo en sí mismo todo lo que lleve a la felicidad o próximo a ella, y no permanece dependiente de la condición de los demás, … éste se halla preparado para la vida óptima; éste es sabio, valeroso y prudente".
Justificar a ambos ladosSÓCRATES

"Siempre que me sentía demasiado tenso para jugar bien, lo mejor que funcionaba era recordar simplemente que lo peor -la cosa peor que realmente podía pasarme- era perder un maldito partido de tenis"
ROD LAVER, ex jugador de tenis

A MODO DE INTRODUCCIÓN…
No cabe duda de que nuestras emociones son el motor que nos mueven a actuar. Cada emoción nos predispone de forma diferente hacia la acción. Cada emoción nos señala una dirección, según la experiencia acumulada en el pasado y que ha servido para resolver adecuadamente los innumerables desafíos a que se ha visto sometido el ser humano a lo largo de la historia. Nuestro bagaje emocional responde a una necesidad de superar situaciones y retos, por lo que tiene un extraordinario valor de supervivencia.

De hecho las emociones se han ido grabando en el código genético de la especie humana, integrándose en el sistema nervioso en forma de tendencias innatas y automáticas. Cualquier planteamiento que reste importancia y protagonismo a las emociones está muy alejado de la realidad.

El miedo que nos lleva a apartarnos de una situación de peligro o a proteger a un hijo constituye uno de los legados emocionales con que nos ha dotado la evolución. Así pues, las emociones han sido sabias referencias a lo largo de la evolución de la especie humana. Sin embargo, los continuos cambios a los que nos ha ido sometiendo el progreso han hecho que la sociedad, a lo largo de los tiempos, se haya visto obligada a fijar normas externas destinadas a contener la desbordante marea de excesos emocionales que brotan de lo más íntimo de las personas.

A pesar de todas las limitaciones impuestas por la sociedad, la razón se ve desbordada de tanto en tanto por la pasión, algo intrínseco a la condición humana cuyo origen hay que buscarlo en el sistema nervioso, la arquitectura de nuestra vida mental. Nuestras reacciones no son el fruto exclusivo de un juicio racional o de nuestra historia personal, sino que también parecen arraigarse en nuestro remoto pasado ancestral. Y ello implica necesariamente la presencia de tendencias que, en algunas ocasiones, pueden ser realmente peligrosas para nosotros mismos o para los demás. Con frecuencia, pues, nos vemos obligados a afrontar los retos que nos presenta el mundo actual con recursos emocionales adaptados a las necesidades de un pasado muy remoto.

Así pues, los impulsos emocionales impregnan nuestras conductas. No podemos arreglárnoslas sin ellos aunque podemos hacer mucho por controlarlos. El autocontrol, especie de conversación interior incesante, es el componente de la inteligencia emocional que impide que seamos prisioneros de nuestros sentimientos o emociones, cuando éstas tienden a impedirnos lograr nuestros propios objetivos. ¿Por qué para los profesores/as, como para cualquier persona, es tan importante el autocontrol emocional? En primer lugar, quienes controlan sus sentimientos e impulsos, las personas razonables, son capaces de crear un ambiente de confianza y honestidad. El autocontrol tiene un efecto contagioso. En segundo lugar, el autocontrol es importante por razones de competencia o eficacia. Sabemos que el profesorado convive con los conflictos, surgidos de su relación con el alumnado, la convivencia con los otros profesores/as, y la atención con los padres de los alumnos. A ello se debe añadir la situación de cambio que se está viviendo en el sistema educativo, y la continua renovación de las jóvenes generaciones. Quienes dominan sus emociones pueden adaptarse mucho mejor a las situaciones de cambio, y actúan de forma eficaz en las situaciones de conflicto.

En las dificultades cotidianas resulta conveniente aprender a controlar adecuadamente algunas emociones negativas como son el enfado, la ira, la ansiedad, el temor, el desánimo o la apatía, a fin de ser más eficaz consigo mismo y con los demás, impidiendo que dichas emociones bloqueen o limiten nuestras propias habilidades y capacidades.

Frecuentemente nosotros nos convertimos en nuestros peores enemigos. Nuestras tendencias a reaccionar y a pensar de determinada manera cuando surgen las dificultades y los conflictos pueden perjudicarnos, alejándonos de la consecución de nuestros propios objetivos, contribuyendo a que dichas situaciones de conflicto se compliquen aun más, incrementando nuestro propio malestar, e incluso deteriorando la relación con las personas implicadas en el conflicto. El autocontrol emocional es la habilidad para controlar o reorientar impulsos y estados de ánimo perjudiciales. Refuerza la tendencia a pensar antes de actuar y reservarse los juicios previos.
Autor: José Carrascosa Oltra

Fuente: http://www.edu.gva.es/per/docs/rlestres_2.pdf

Edita: GENERALITAT VALENCIANA CONSELLERIA DE CULTURA Y EDUCACIÓN.
Dirección General de Ordenación, Innovación Educativa y Política Lingüística.
Servicio de Formación del Profesorado.
Malestar Docente

jueves, 18 de febrero de 2010

¿La Tecnología Nos Hace Progresar?

Desde que somos humanos hemos creado tecnología para adaptarnos mejor al medio ambiente y satisfacer de manera más eficaz y eficiente nuestras necesidades. Desde esta perspectiva podemos afirmar con rotundidad que sí, la tecnología ha supuesto progreso.

Bastará citar algunos hitos tecnológicos decisivos en la evolución de nuestra civilización para justificar esta afirmación. Por ejemplo: el dominio del fuego, la agricultura, la rueda, la escritura, la imprenta, el motor de explosión, la electricidad, la cámara de fotos, los antibióticos, el plástico, la radio y la televisión, las nuevas tecnologías (TIC)…

La tecnología, en todas sus manifestaciones (artefactual, simbólica y procedimental-organizativa), nos ayuda a vivir mejor y nos permite liberar tiempo que podemos dedicar, si queremos, a nuestro desarrollo personal. Y en este sentido, la tecnología nuevamente nos facilita las cosas; por ejemplo Internet pone a nuestro alcance cualquier información que necesitemos y nos facilita el contacto e interacción con cualquier persona del planeta que pueda conectarse a Internet.
Ciertamente las ventajas tecnológicas no llegan a toda la población del planeta a la vez, generando desigualdades entre grupos humanos por razones de régimen político, riqueza o cultura. No obstante, más pronto o más tarde la tecnología va llegando a todos, y muchas veces se encarga de agrietar estas barreras políticas, culturales y hasta económicas. Pensemos por ejemplo en como el coche, la televisión e Internet han roto barreras espaciales, han modificado pautas culturales y hasta han desequilibrado regímenes políticos.
Internet es un buen referente para observar este potencial de penetración social y de cambio cultural que tienen las tecnologías. Se ha convertido en un mundo paralelo, una especie de duplicado del mundo físico, donde las personas podemos buscar información de todo tipo y comunicarnos los unos con los otros, para aprender y trabajar, para hacer gestiones y comprar, para entretenernos y desarrollarnos como personas... Nos hace la vida más fácil y aumenta nuestras posibilidades de desarrollo personal y social; ¿no debería este nuevo mundo estar abierto a todos? ¿No debería ser un nuevo derecho de todo individuo? Afortunadamente algunos países lo ven así, y por ejemplo en Suiza, el acceso a Internet (a velocidad moderada) es gratuito.

Qué duda cabe que progresamos con ayuda de la tecnología. ¿Alguno de los lectores preferiría vivir en una civilización Neolítica? ¿O en el Imperio Romano? ¿Tal vez en la Edad Media?
Pero al mismo tiempo, cada descubrimiento tecnológico supone una amenaza, constituye una nueva caja de Pandora llena de potenciales riesgos, porque la tecnología en definitiva proporciona medios, herramientas que podemos utilizar bien o mal, y para el bien o para el mal.

Por una parte tenemos el riesgo de utilizar mal la tecnología y en este caso, en vez de proporcionarnos beneficios, nos perjudicará. Por ejemplo, la electricidad nos puede electrocutar, con un coche podemos provocar un accidente, una central nuclear puede emitir una contaminación letal…
Y es que la tecnología exige formación a sus usuarios y determinadas competencias y responsabilidad a sus gestores. Lo que no siempre se da, debido a comportamientos tan humanos como la precipitación, el exceso de confianza, el desmedido afán de lucro que mueve a reducir las medidas de seguridad… Y por si fuera poco, los seres humanos somos muy falibles, y factores físicos y emocionales alteran fácilmente nuestra memoria, atención, razonamiento y voluntad.

Por otra parte, los humanos no somos intrínsecamente buenos. Pese a un cierto sentimiento de transcendencia, el contexto social y cultural que nos rodea determina en parte nuestro comportamiento, regido por el afán de supervivencia y afecto en un entorno lo más agradable posible. A menudo actuamos en complejos equilibrios entre el altruismo y el egoísmo, y a veces hasta podemos encontrar justificaciones para actuar de forma “inhumana”, con total desprecio a los demás. En estos casos (guerras, delitos medioambientales, estafas económicas…) la tecnología también nos ayuda, y podemos ser enormemente destructivos.
En suma. La tecnología es progreso, aunque comporta riesgos. Y el mayor riesgo somos nosotros mismos, porque aún no hemos progresado suficientemente en nuestro desarrollo personal y social. Y en este mundo global en el que todos dependemos tanto de todos, necesitamos desarrollar y regular una adecuada consciencia social y medioambiental; para ello también nos pueden ayudar “tecnologías sociales” como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la extensión y mejora de un derecho básico del individuo como es la Educación.

Publicado en la sección Opinión de La Vanguardia (27-12-2009)


Algunos Modelos para Analizar la Competencia Digital

En estos momentos de eclosión de la Escuela 2.0 parece que cualquier actividad que se haga con un ordenador o con cualquier otra herramienta TIC va a desarrollar la competencia digital del alumnado por si misma y esto no es del todo cierto, más bien diría que no es ni mucho menos cierto. Por eso me ha interesado sobremanera un artículo leído en Palotic sobre diferentes modelos de análisis de la competencia digital. En base a esos modelos el profesor podrá determinar si las actividades que ha programado pueden servir para la adquisición de dichas competencias por parte del alumnado.Un primer modelo de análisis surge del proyecto digeulit.ec y fué explicado por Jordi Adell en el Congreso Regional de Educación en Cantabria. Según este modelo:
  • * Primero se debe enunciar un proyecto o problema.
  • * Se deben Identificar los recursos necesarios para abordarlo.
  • * Se debe definir el acceso a esos recursos (software, recursos online, un libro en una biblioteca...).
  • * Se debe evaluar la fiabilidad de las fuentes de información.
  • * Se debe interpretar y comprender el significado de ese recurso utilizado (el copiar y pegar no sirve en el modelo).
  • * Se debe organizar la información recopilada.
  • * Se integrarán los recursos seleccionados en una combinación relevante para el problema o tarea.
  • * Se analizarán los recursos digitales obtenidos a partir de conceptos y modelos orientados a la resolución del problema .

A partir de este momento de análisis se pasará a la fase de creación :

  • * Se sintetizarán los recursos recombinándolos de una forma nueva, que facilite la resolución del problema o la realización de la tarea.
  • * Se crearán nuevos medios o artefactos que contribuyan a la resolución del problema o de la tarea (por ejemplo, como en una webquest)
  • * Se debe interactuar con otras personas relevantes durante la resolución del problema o tarea.
  • * Se difundirán y publicarán las soluciones o resultados a otras personas relevantes (blog, wiki).
Según este modelo de análisis hay que partir siempre del proyecto o problema y luego encontrar y decidir las herramientas o recursos digitales para realizar el proyecto o resolver el problema. No se debe , por tanto, proponer actividades por el mero hecho de utilizar una herramienta TIC. Primero se plantean los objetivos a conseguir y luego ya encontraremos la herramienta.

El segundo modelo procede del Programa iSkills de Educational Testing Service, y se sintetiza en estos puntos:

  • * Definir un problema de información.
  • * Acceder a esa información.
  • * Gestionar esa información.
  • * Evaluar la fiabilidad de la información que hemos conseguido.
  • * Integrarla con otra información y con las ideas previas.
  • * Crear nueva información con los elementos que hemos conseguido.
  • * Comunicarla o compartirla.
José María completa su análisis con una reflexión importante. Se debe tener muy presente en las propuestas que realicemos tres dimensiones básicas: la cognitiva, la ético-legal y la técnico/procedimental, que se corresponden claramente con los tres tipos de contenidos que durante años se han venido contemplando en la labor docente, conceptos, actitudes y procedimientos.

Creo que son dos modelos que deben de tener muy presentes los profesores a la hora de diseñar sus proyectos. En base a ellos , los alumnos construirán y difundirán conocimiento adquiriendo destrezas y habilidades digitales que le serán muy provechosas para su desarrollo en otros ámbitos superiores y en la propia vida académica y personal.




De: Educación Tecnológica
Celestino Arteta

15 Máximas para que un Niño sea Feliz

lunes, 8 de febrero de 2010

Quieto, Simpático y Obediente

Es así como los queremos. Que no se muevan mucho, vale decir, sean capaces de estar sentados y concentrados; que compartan sus juguetes y otras pertenencias con el niño del costado; y que no estén resistiendo, oponiéndose, demasiado a la autoridad; todo ello lo antes posible.

Claro, también que sean asertivos, seguros de sí mismos, que se quieran, que sean ambiciosos, que sustenten esfuerzos a lo largo del tiempo y puedan superar obstáculos y superar frustraciones; también a una edad temprana.

Y para que sean todas esas cosas - no importa que varias de ellas se contrapongan y sean, a veces, excluyentes- estamos nosotros, los padres y todo un ejército de especialistas y toda una oferta de métodos y un recetario inacabable. No importa que las recetas cambien cada dos meses y se contradigan.

Pero, ¿cuál es el precio que pagamos por estar tan concentrados en lograr a nuestros empáticos, apacibles y respetuosos (y todos los otros rasgos que la sociedad niñocéntrica nos prescribe) "productos"? Estamos tan absortos en leer las partituras que nos ofrecen, tan híper conscientes de todos y cada uno de nuestros actos en referencia con nuestros hijos, que dejamos de ser nosotros y perdemos la ocasión de conocerlos, explorarlos, escucharlos, gozarlos.

Si usáramos todos los minutos dedicados a pensar en qué colegio los ponemos, en qué taller los inscribimos, en medir lo que dicen, cómo lo dicen, qué les decimos, en leer sobre técnicas de crianza, en evitar cualquier contratiempo y sufrimiento; para interactuar con ellos, para dejarlos lidiar con el mundo con nuestro apoyo, probablemente algunas de esas tan apreciadas características que mencionamos en esta columna emergerían de manera más natural y provechosa.

Por: Roberto Lerner
Enlace

sábado, 6 de febrero de 2010

La Crisis de Fondo Está en la Educación

Hay una gran mayoría de científicos convencida de que la próxima revolución, la que cambiará nuestras vidas hasta límites irreconocibles, será la fusión de la biología y la tecnología, que ya ha empezado. Esta revolución avanza a pasos agigantados, pero yo estoy convencido de dos cosas: de que no será la más importante y de que le va a ganar la partida otro tipo de transformación que se expresará, a la vez, más profunda y lentamente.
¿Por qué digo eso? Les pido a mis lectores que cierren los ojos un instante e imaginen la actividad que peor funciona de todas las prestaciones universalizadas: la justicia, la seguridad ciudadana, la enseñanza, la sanidad, el ocio, el transporte o la asistencia social a ancianos y necesitados. Otros y yo hemos hecho esta prueba en contextos sociales muy diversos. Pues bien, por ello puedo anticiparles el resultado de su experimento. Son muy pocos los que aludirán a la educación o la enseñanza como a la actividad que atraviesa la crisis más grave.
la educación del futuro

La educación del futuro gestionará la diversidad de las aulas modernas fomentando la inteligencia social y enseñará a gestionar las emociones positivas y negativas. (Imagen: usuario de Flickr.)
Y, sin embargo, es, a mucha distancia de las demás, la que menos está respondiendo a las exigencias de las sociedades modernas. Tenemos un sistema educativo instalado en la Prehistoria. Intuimos ahora que la reforma educativa de los próximos 50 años a nivel mundial se caracterizará por una reforma radical de la profesión de maestro. Lejos de ser una profesión liviana, la de maestro será una carrera con un contenido más profesional y complejo que cualquier otra.

Lo que está aflorando del análisis en curso es que el objeto de la reforma no es tanto alterar la complejidad de las clases globalizadas, ni la propia sociedad, como la categoría de los maestros, que verán sus objetivos transformados. El objetivo no será cambiar las clases, que, a veces, fruto del proceso de globalización, parecen una reunión de 30 jóvenes con problemas mentales gritando a sus maestros. Tampoco podemos cambiar de la noche a la mañana las asociaciones de padres, que parecen compaginar un desinterés inaudito por la educación de sus hijos con una cierta agresividad contra el profesorado.

¿Cuál será, pues, a partir de pasado mañana, la misión de los sistemas educativos en el futuro? ¿Formar especialistas? No. La reforma de la enseñanza se propondrá dimensionar ciudadanos en un mundo globalizado. ¿Pertrechar las mentes de sus estudiantes? No. Los esfuerzos venideros en materia educativa apuntarán a reformar los corazones de la infancia y la juventud, olvidados por la obsesión exclusiva en los contenidos académicos.

¿Cómo se consigue alcanzar esta misión? Cumpliendo estos dos objetivos. Uno: aprender a gestionar la diversidad de las aulas modernas, a las que ha cambiado profundamente su cariz la globalización. Se trata de fomentar la inteligencia social y no sólo la individual, hacer que sirva para concatenar cerebros dispares y distintos, tomando buena nota de sus diferencias étnicas, culturales y sociales.

Simultáneamente –y éste es el otro objetivo–, resultará imprescindible que los maestros fomenten el aprendizaje de las emociones positivas y negativas, que son comunes a todos los individuos y previas a los contenidos académicos destilados a la infancia; es decir, aprender a gestionar lo que nos es común a todos. Se trata de enseñar a los jóvenes a gestionar la rabia, la pena, la agresividad, la sorpresa, la felicidad, la envidia, el desprecio, la ansiedad, el asco o la sorpresa.

Al profundizar en el sistema de enseñanza del futuro, estamos constatando que, lejos de ser la profesión de maestro una de las más livianas, es ya, sin lugar a dudas, las más compleja y sofisticada de todas ellas. ¿Cómo ha podido la sociedad, los propios educandos y las instituciones hacer gala de tanta ceguera?


Vista de Jaén - Perú