
El que gana un combate es fuerte, el que vence antes de combatir es poderoso, escribió el general Sun Tzu hace dos mil quinientos años. En efecto, para este célebre y sabio militar chino, el arte de la guerra en su versión más evolucionada consistía en saber ganarla antes de iniciarla, algo que sólo podía lograrse con un profundo conocimiento del adversario. Por cierto, también era indispensable el saber actuar de manera oportuna y flexible en base a esta información. Inversamente, comportarnos de manera autocentrada en función a nuestros propios deseos, esperando que el otro se acomode a ellos más allá de su propio interés, posibilidad o propósito, era el camino seguro hacia la derrota.
Como es conocido, esta filosofía impregnó no sólo la inteligencia conquistadora de un Napoleón o un Maquiavelo, sino que inspiró al mundo el arte de la estrategia, es decir, la habilidad para lograr un objetivo en un escenario de conflicto o divergencia en base a una comprensión cabal de la naturaleza humana, de las personas o grupos directamente implicados y de las condiciones que explican su comportamiento. Sabemos que las organizaciones empresariales han sido de las primeras en tomar este enfoque, en la medida que una relación exitosa con el mercado depende no de las intenciones del productor sino de su capacidad para interpretar las necesidades de las personas a las que quiere llegar.
Pero la estrategia ha inspirado también el arte del buen gobierno. Ya en la antigüedad, la figura del «Rey Justo» aludía al gobernante que conocía las necesidades de su pueblo, sabía hacer suyos sus padecimientos y tomaba decisiones considerando la conveniencia y el derecho de todos. Por el contrario, como sabemos bien en el Perú, muchas decisiones trascendentes para la vida de un país pueden convertirse en una fuente de conflictos cuando no están sintonizadas con las percepciones y necesidades de los gobernados, sino sólo con la visión y los intereses particulares del gobernante.
Impresiona, sin embargo, que este sentido común no haya impregnado demasiado nuestra representación social de la docencia. Para muchos, incluso en los círculos más ilustrados o en las esferas mismas del poder, un maestro con un buen dominio de los conocimientos que debe impartir y de los métodos que pueden resultarle más útiles para entregarlos de manera sencilla, representa el ideal que las políticas deberían perseguir con obstinación.
Desde esa premisa, se construyen costosos y complejos andamiajes dirigidos a formar a los maestros en ese modelo de rol. No obstante, un maestro con buen dominio de conceptos y de herramientas didácticas es como un vendedor que conoce a fondo su producto pero no las necesidades de las personas a quienes se lo ofrece, o un médico que sabe mucho de medicina y se limita a aplicar sus protocolos estandarizados sin mayor aprensión por las diferencias entre un paciente y otro.
En este caso, el arte de la estrategia, que lleva al conocimiento de las personas sobre las que se busca influir y de todos los aspectos implicados en su posibilidad de aprender algo, se nutre de la pedagogía y exige no sólo una aguda capacidad de observación y discernimiento, sino habilidades básicas de interacción social.
Como lo señala Juan Carlos Tedesco, la docencia es una profesión profundamente relacional, un rol que tiene que desempeñarse necesariamente en el marco de una interacción continua e intensa entre la subjetividad del maestro y sus estudiantes, que exige del profesor atención, cuidado e interés por el otro y no sólo la capacidad de exponer con sencillez una clase haciendo uso de un video o una técnica grupal.
Asumir esta perspectiva de la docencia va a implicar una reconversión profunda de las actuales políticas de formación docente en el Perú. No importa cuántos cayos se tenga que pisar ni cuántas sagradas vestiduras terminen por rasgarse ante semejante osadía, este es un desafío que tenemos que afrontar y que no podemos seguir eludiendo.
Por: Luis Guerrero Ortiz
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