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viernes, 31 de diciembre de 2010

De Amor y Desamor

«Porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren» dice una conocida canción de Joaquín Sabina, aludiendo al tamaño de la angustia que suele acompañar al amor cuando la inmensa necesidad del ser querido no puede ser satisfecha. «En estos días secos/ en que tu ausencia duele/ y agrieta la piel/ el agua sale de mis ojos/ llena de tu recuerdo/ a refrescar la aridez de mi cuerpo/ tan vacío y tan lleno de vos» dice un poema de Gioconda Belli, ilustrando de otro modo el sufrimiento asociado al amor. «¿En qué hondonada esconderé mi alma/ para que no vea tu ausencia?», se preguntaba Borges. «Y no soy yo que sufre sino el otro/ el mismo mono milenario/ que se refleja en el espejo y llora» escribía un doliente Jorge Eduardo Eielson, herido de nostalgia.
En efecto, la angustia de amor existe y puede ser devastadora si no hallamos la manera de evitar que el dolor por la ausencia o la pérdida de la persona que amamos, se convierta en desesperación. Gonzalo Varela, psicoanalista uruguayo, afirma que el amor viene siempre con la posibilidad del sufrimiento: «La lógica del amor es contradictoria –nos dice. El sufrimiento no es algo que llega después del amor. Vive con él, asoma en cada una de sus rendijas». Si manejar esto no nos es fácil a los adultos, cuánto más difícil podría resultarle a un adolescente que, por añadidura, carece de espacios y oportunidades para hablar de sus sentimientos de manera franca y abierta; o para construir explicaciones razonables a su ocasional infortunio, que no pasen por una minuciosa destrucción de sí mismo.
Enamorarse es un presagio gratis/ una ventana abierta al árbol nuevo/ una proeza de los sentimientos» escribía Mario Benedetti, «por el contrario desenamorarse/ es ver el cuerpo como es y no/ como la otra mirada lo inventaba/ es regresar más pobre al viejo enigma/ y dar con la tristeza en el espejo». En efecto, es la imagen de uno mismo la que se desmorona cuando el amor se esfuma o se queda atascado en una zarza incomprensible y, con ella, la confianza en la posibilidad de amar o ser amado. ¿Quién puede ofrecerle a un muchacho enamorado un espejo distinto en el momento justo en que este derrumbe se produce?
Roland Barthes, escritor inglés, decía que la experiencia amorosa durante la adolescencia «nace, crece, hace sufrir y pasa», pero –al menos en las sociedades urbanas- nos hace atravesar un umbral del tiempo, que deja atrás a la niñez y nos coloca en un camino sin retorno. En ese mismo sentido, Louise Kaplan, psicoanalista norteamericana, sostenía que la adolescencia suponía el «complejísimo drama de pasar de una zona de la existencia a otra».
Ahora bien, el currículo escolar dice que los adolescentes deben aprender a reconocerse como sujetos merecedores de afecto y de respeto, a valorarse positivamente, a afianzar su identidad y su autoestima, a expresar con claridad sus sentimientos, ideas y experiencias, así como a resolver dilemas. ¿Quién y dónde prepara a los maestros para hacerse cargo de aprendizajes como estos, que no están asociados al dominio de determinadas habilidades básicas, sino más bien al crecimiento personal? ¿Quién los prepara para hacerlo además en el instante en que la confianza desfallece y el dolor busca gobernar los propios actos?
«Es el amor adolescente que ha llegado/ como un caballo desbocado y loco» canta José Luis Perales. Bienvenido sea siempre. Pero alguien tendría que grabar con mano sabia en la montura de aquel potro indoblegable este poema de Whitman, para leerse y releerse en tiempos de tormenta: «y digo a cualquier hombre o mujer/ que tu alma se alce tranquila y serena/ ante un millón de universos».

1 comentarios:

Borja Borrachero Tamame dijo...

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