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domingo, 24 de abril de 2011

Leer a Mafalda a los 8 años

Estoy abrumada por las cosas que han pasado últimamente en el proceso electoral y no encuentro la calma necesaria para sentarme y comentarlas. Lo haré más adelante, cuando el ambiente se haya enfriado un poco, pues lo que ocurre en nuestro país necesita un post reflexivo y no uno escrito por impulso.


Hace mucho tiempo, en una clase sobre el condicionamiento operante de Skinner, una profesora nos dijo que cuando se está frente a demasiados estímulos, el organismo suele escapar de ellos haciendo cualquier otra cosa, como el niño que tiene tanta pero tanta tarea que no sabe por dónde empezar y se pone a ver televisión. Y eso es lo que hago ahora: hay demasiado por comentar respecto a las elecciones así que mejor les cuento algo sobre Mafalda, que es la última lectura a la que Paulo se ha dedicado luego de sacar uno de sus comics de la biblioteca del colegio.


Con cierta frecuencia oigo a personas quejarse de que sus hijos no leen. Dicen que ellas han comprado un libro de historia, o Harry Potter, un libro de experimentos o un cuento que alguien les recomendó, pero que no han conseguido que el niño se enganche con la lectura. También con cierta frecuencia oigo decir a estas mismas personas que sus hijos querían espontaneamente leer tal o cual cosa, pero que a ellas ese libro les había parecido horrible, o aburrido, o lleno de palabras soeces, o muy violento, o demasiado infantil para la edad del niño, o irrevente y ateo, o demasiado religioso, o muy político, o lo que fuera, y por eso no lo habían permitido.

Craso error. Siempre aconsejo a los padres posponer un poco sus propias valoraciones sobre los textos que les interesan a los niños y dejarlos acercarse a la lectura a partir de lo que a ellos verdaderamente les interesa y disfrutan. Las razones por la que los niños se interesan en un libro son disímiles y muchas veces están fuera de la comprensión de los padres. En la medida de lo posible, hay que dejar que el propio niño escoja lo que quiere leer, y tener en mente que de lo que se trata es de acercarlos a la lectura y hacer que esta sea una experiencia gratificante. Esto no se logrará si no se le permite al niño leer lo que le gusta.

Paulo, que tiene 8 años, ha traído a casa un comic de Mafalda, y habría que verlo ponerse a leer solito, todas las noches, varios de sus chistes. La verdad, hace algún tiempo intenté leer Mafalda con él pero ví que ésta no lo seducía, así que el intento quedó en nada en aquel momento pues él estaba muy pequeño para ese tipo de literatura.

Sin embargo ahora, y por propia iniciativa, está totalmente involucrado en su lectura. Claro, me doy cuenta de que no entiende ni la mitad de los chistes que lee, pero eso no es impedimento para que disfrute la lectura, se ría a carcajadas con los textos, y pase un momento placentero antes de irse a dormir. Uno podría pensar que Mafalda es demasiado política para un niño tan pequeño y que sus chistes requieren, para tener sentido, de un contexto historico, social y político, y de una cantidad de información que un niño de esa edad todavía no posee. Y sí, es cierto, quien piense así tendría mucho de razón.

Pero Paulo se ríe de cosas muchísimo más concretas de lo que uno puede imaginar: la cara de Manolito en determinada viñeta (especialmente cuando saca la lengua), la manera de correr de una anciana que se asusta de Mafalda, que a ella en algunos dibujos no se le vea la boca, los juegos de palabras (esto le llama particularmente la atención), los giros argentinos (el uso del vos por ejemplo...), y algunas características de los personajes que son más fáciles de identificar para él, por ejemplo, las ganas de fastidiar de Susanita o que Manolito sea tacaño. Alrededor de esta lectura, como sucede siempre que un niño lee, se generan innumerables oportunidades de construcción de conocimiento. De hecho, él aprende muchas palabras nuevas y neologismos en cada uno de los chistes (la última fue correoso, que indicaba que el papá de Manolito usaba mucho la correa con él), lo que le permite tomar conciencia de que el lenguaje es una herramienta flexible, que cada usuario utiliza, en cierta forma, a su manera. También se descentra, pues se pone en la perspectiva de los distintos personajes y esto hace que vaya construyendo de a pocos la capacidad de ver el mundo desde puntos de vista distintos al propio. Asocia distintas características de los personajes y distintos comportamientos en un todo con sentido, lo que lo ayuda a establecer relaciones de parte y todo. Y hace juicios morales, pues comenta los comportamientos de uno y otro personaje haciendo juicios de valor. Obviamente, cuando no entiende un chiste yo se lo explico, y pienso que esto lo ayuda a flexibilizar su pensamiento y a ver ángulos nuevos de la realidad. En fin, me estoy quedando corta en relación a la riqueza que la lectura tiene para un niño.

Animo una vez más a los padres a no juzgar equivocadamente los intereses de sus hijos y sobretodo, a no imponerles los suyos. Incluso una lectura como Mafalda, tan adulta en cierto sentido y aparentemente tan fuera del alcance de los niños, es una fuente invalorable de placer y aprendizaje para ellos. No hay que privarlos de estas experiencias.

personajes Mafalda
Del Blog de Susana Frisancho
Desarrollo Humano, Constructivismo y Educación


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