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lunes, 20 de septiembre de 2010

Violencia Silenciosa y Silenciada en la Escuela

Todo lo que hay que saber sobre cómo los jóvenes se ven involucrados en casos de violencia, tanto física como psíquica. El maltrato sexual y el rol de los padres.
Si en esta época no es sencillo hablar de la convivencia, en general, mucho más enmarañado se hace intentar hacerlo de la violencia. Esto es así, porque el fenómeno, al que consideramos una peligrosa enfermedad social, abarca aspectos biológicos, psicológicos, sociales, culturales, económicos y políticos, y su complejidad y velocidad de contagio hacen que se desarrolle allí donde el hombre y su cultura le hacen un lugar. Luego, mientras no se le apliquen los remedios correspondientes, continuará atacando y reproduciéndose en familias, escuelas y cualquier otro espacio de encuentro.

OTRO CLIMA SOCIAL.
La escuela debe ser vista como una comunidad de convivencia en la que se congregan alumnos, docentes, familias y la propia comunidad externa; pero, actualmente, uno de los aspectos que se ha transformado es el clima de convivencia que se desarrolla en los distintos ámbitos de la escuela.
Las instituciones educativas sufren el impacto que provocan los aprendizajes violentos adquiridos en la familia, el barrio y a través de los medios de comunicación. Estos se traducen en comportamientos indisciplinados y violentos que dejan poco lugar al aprendizaje de las competencias básicas. Solamente cuando existe buen entendimiento entre los valores educativos que propone la escuela, los que desarrolla la familia y los que están presentes en el sentir de la sociedad, los alumnos encuentran coherentes las normas y se genera un clima de relaciones, en el que los docentes pueden enseñar y los alumnos aprender.
Unos de los aspectos más importantes a tener en cuenta en los niños, y que contribuye al desarrollo cognitivo y social y al grado de efectividad con que actuamos luego como adultos, es el de las relaciones entre los alumnos. El mejor indicador en la niñez de la adaptación en la vida adulta no son las notas escolares, sino la capacidad con la que el niño se relaciona con otros niños. Aquellos alumnos que, generalmente, no son aceptados por otros compañeros, que son identificados como agresivos o destructores, que son incapaces de sostener una relación estrecha con sus compañeros, corren serios riesgos.
La violencia interpersonal puede hacerse presente de muchas maneras, unas más explícitas que otras y, por ello, unas más fáciles de reconocer que otras. Puede surgir en las relaciones que se dan entre docentes y alumnos, a partir de conflictos que no son afrontados de una manera positiva, es decir, sin buscar el aprendizaje y la superación.
Lo mismo puede suceder entre familias y docentes, que llegan a sentirse como competidores en una tarea que, se supone, busca el desarrollo armonioso de niños y adolescentes.

NATURALIZAR, OCULTAR, NEGAR.
Una de las formas de violencia más desafiantes, quizá, sea la que sucede dentro del grupo de los alumnos, quienes consiguen mantener sus relaciones en un círculo cerrado al que los adultos nos resulta difícil acceder. Este círculo puede caracterizarse por malos tratos, amenazas, abusos y acosos, que deterioran las relaciones y, en definitiva, producen efectos destructivos para la convivencia, en general, y para algunos chicos, en particular. Se crea un entramado de relaciones de agresividad injustificada y procesos de victimización, que pueden llegar a ser realmente un infierno para la víctima y un entrenamiento en crueldad para los agresores.
Así, el aula, los patios de recreo, los pasillos, los baños y los alrededores de los establecimientos educativos, son el escenario de incidentes en los que hay agresores, víctimas y testigos, que en alguna medida quedan marcados, poniéndose en riesgo su adecuado desarrollo personal y social.

MIEDO EN LA ESCUELA.
Si uno pregunta a los niños de hoy "¿a qué tienes miedo en el colegio?", uno de cada cuatro dice: "A mis compañeros".
En otros tiempos, el miedo se tenía a algunos docentes; hoy ya no son una amenaza. El lugar del profesional de la educación ha cambiado o, al menos, su rol de autoridad. Existen educadores que aún abusan del poder, pero también los hay que son víctimas y sufren por ello. Y esto se convierte en un grave problema de concepción de autoridad y de posibilidad del docente para intervenir de manera conveniente.
Los profesores dicen que ellos no han sido preparados para identificar y enfrentar estos nuevos climas escolares, y tienen razón. Por esto es importante la formación, pero no sólo de los docentes, sino también de las familias, de los alumnos y de toda persona que esté involucrada en cualquier ámbito de la educación.
La preocupación por investigar la violencia que se produce en la esfera escolar, radica en la urgencia de hacerla visible, ya que las características actuales de la sociedad, en general, y la familia, en particular, junto a las dificultades que parece encontrar actualmente la misma escuela para gestionar la convivencia, hacen que las agresiones, y más aún las de acoso (bullying), tengan consecuencias impredecibles en los niños y los adolescentes.
Muchos alumnos violentos no son conscientes del sufrimiento que pueden llegar a producir. La experiencia con chicos muestra que muchos de ellos no tienen la preparación emocional suficiente para darse cuenta del daño que están haciendo. De lo que sí son conscientes es de la gratificación que pueden llegar a sentir, del placer que experimentan dominando a un compañero, ver cómo su burla, el hostigarlo, tiene un impacto en la vida del otro. Cuando uno les pregunta por qué actúan así, argumentan siempre como primera excusa que es un juego o que el otro provoca la situación con sus actitudes, pero, finalmente, reconocen que sienten cierto placer al poder dominarlo.
La violencia persistente, el acoso escolar, tiene las mismas características que otro tipo de hostigamiento: el psicológico en el ámbito del trabajo (mobbing), donde jóvenes y adultos pueden ejercer la violencia a través de palabras, gestos, actos y hasta escritos, atentando "contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, con el fin de poner en peligro su empleo o de degradar el clima de trabajo" (Hirigoyen).
Poco denunciado, necesita ser más difundido para perder esa invisibilidad que le otorga su desconocimiento y así dejar de ser el crimen perfecto.
Las repercusiones en la salud de los adolescentes que sufren procesos de acoso en la escuela, según informes europeos e investigaciones realizadas desde el Observatorio de la Convivencia Escolar (UCA) muestran que, como respuesta a la violencia en el ámbito escolar, tanto víctimas como agresores pueden sufrir daño físico grave; aunque las mayores consecuencias están relacionadas con la salud mental, fundamentalmente, aparecen depresión, trauma y baja autoestima que les impiden mantener buenas relaciones con sus compañeros, ya que con frecuencia tienden a adoptar comportamientos de alto riesgo para afrontar la ansiedad ante este tipo de situaciones.
Entre los comportamientos de riesgo se puede señalar el abuso de sustancias, las inasistencias reiteradas, la deserción escolar e, incluso, la autolesión (suicidio, intento de suicidio) o reacciones violentas imprevisibles en un niño, que, cansado de ser abusado por algún compañero, puede acceder con facilidad a algún tipo de arma.
En relación con los agresores, algunos autores sostienen que las conductas de acoso escolar (burlarse, golpear, intimidar, extorsionar, quitar pertenencias a sus compañeros, entre otras) realizadas en la adolescencia, pueden repetirse en la vida adulta y ser la antesala de la delincuencia.
PONIENDO CIFRAS ALA VIOLENCIA.
Según una encuesta nacional realizada por el Observatorio de la Convivencia Escolar de la Universidad Católica Argentina, de más de 6 mil alumnos entre 10 y 18 años, casi 1 de cada 4 manifestó tenerle "miedo" a alguno de sus compañeros y 1 de cada 3, entre los 12 y 15 años.
El bullying, este fenómeno de acoso entre compañeros que ocurre en el interior de las escuelas, se produce casi siempre a espaldas de los adultos, porque quienes lo sufren rara vez lo manifiestan o lo hacen cuando la agresión ya lleva largo tiempo.
La violencia verbal directa (insultos, burlas) se da en todas las edades, pero, a medida que van creciendo, se transforma en más indirecta (murmuración, calumnias). Entre los más chicos, la violencia es más física directa (golpes) pero en la adolescencia se incrementa el esconder, romper o robar los útiles u otras pertenencias, actos que difícilmente son percibidos por los adultos.
Un chico que tiene miedo a ir al colegio (Síndrome del Domingo por la Tarde), que se levanta angustiado por temor a encontrarse en el pasillo, o en el aula a un violento que lo amenaza, lo extorsiona, se ríe de él o lo insulta injustificadamente, sin ninguna duda necesita de adultos muy atentos y comprometidos con su seguridad.

VIOLENCIA SEXUAL ENTRE COMPAÑEROS.
Si bien no es un tipo de agresión al que se le haya prestado atención desde la investigación, los pocos estudios realizados indican que esta violencia se puede manifestar desde las simples molestias al abuso sexual; desde insultos y miradas obscenas, comentarios sexuales, envío de mensajes pornográficos, hasta el tocamiento y el ataque físico abusivo.
La diversidad de formas y niveles de gravedad, sumada a una cultura machista que naturaliza muchas de estas conductas, dificulta su conceptuación.
Los resultados de uno de los pocos estudios realizados por la experta española Rosario Ortega indican que 69,4% de los alumnos manifestó haber recibido violencia sexual por parte de sus compañeros, mientras que 52,9% afirmó haber agredido sexualmente a sus compañeros.
Los datos relativos a la violencia sexual en las parejas jóvenes (dating violence) son similares, pero el porcentaje de reconocimiento de parte del agresor varón es muy bajo, por lo que los investigadores consideran que hombres y mujeres tienden a interpretar el mismo hecho de forma diferente. Esta diferencia entre agresores y víctimas, puede ser debido a que los hombres interpretan el rechazo de las mujeres a mantener relaciones sexuales como vago, ambiguo o fingido, lo que lleva a pensar que su agresión no fue un abuso o una violación, sino un acto de seducción.
Como en el acoso escolar, las víctimas sienten vergüenza y miedo de denunciar y, en la mayoría de los casos, creen que aun revelando lo sucedido, los hechos serán malinterpretados, quedando exonerado el agresor y como única culpable la víctima.

NUEVAS FORMAS DE ACOSO.
¿El padecimiento de algunos chicos empieza al entrar en la escuela y finaliza a la hora de salida? La realidad nos está indicando que no. Las víctimas hoy son atacadas cara a cara dentro de la escuela y también fuera de ella.
Un adolescente puede acosar a otro de muchas maneras y una de ellas es el acoso grafopsicológico, es decir, a través de pintadas y grafitis descalificadores dirigidos hacia un compañero de clase y que se realizan en sitios públicos, fuera del colegio, para que tengan más repercusión.
Otras de las formas de hostigar a un compañero fuera de la escuela, es a través de las nuevas tecnologías que hoy están a disposición de los chicos.
Los adolescentes no sólo se sienten tremendamente atraídos por todo lo relacionado con las nuevas tecnologías, sino que, además, las manejan muy bien. Así es que los jóvenes con una personalidad agresora también se valen de esos medios -además de los tradicionales- para abusar de sus compañeros y también de sus docentes.
El maltrato y formas de violencia indirecta mediante SMS, correos electrónicos anónimos, páginas web difamatorias o aquellas que alojan videos (como YouTube) son cada vez más habituales y se han convertido en una de las armas preferidas por los abusadores a la hora de burlarse, atemorizar o, en definitiva, buscar la forma de dañar a sus compañeros.
Básicamente, este tipo de violencia -que puede acarrear graves consecuencias en la formación de la identidad y personalidad de los agredidos- consiste en esperar o generar situaciones dentro del ámbito escolar, para registrarlas mediante fotos en la cámara del celular o en video y poder exhibirlas después como trofeo. El efecto en las víctimas varía.
En algunas es mínimo, el ataque les resulta indiferente. En otras es traumático, dejan de ir al colegio y, si los ataques aumentan intentan cambiar de escuela, sufren depresiones y, lamentablemente, también conocemos casos de suicidio.
Por otro lado, se calcula que 50% de los padres sabe que sus hijos tienen acceso a internet, pero sólo 20% ha establecido normas para asegurarse de que hagan un buen uso de este recurso, mientras que 40% reconoce que no establece ninguna regla. El dato más preocupante es, sin dudas, que 80% de los padres desconoce lo que hace su hijo mientras navega por la red.
En definitiva, la labor de proteger a nuestros niños y adolescentes en su desarrollo implica limitar pero también permitir el acceso autónomo a fuentes informativas. Los padres y docentes debemos acompañar críticamente, pero sin pretender controlarlo todo; probablemente sea ésta la alternativa más inteligente a la hora de tratar temas tan desafiantes.
Es importante que los niños y adolescentes perciban que lo que les estamos ofreciendo es cuidado y no vigilancia, prevención y no represión, preocupación y no control.

PARA CONVIVIR, MEJOR PREVENIR.
Los hechos graves de violencia entre alumnos que conocemos no surgieron de la nada. Muchas veces, pequeños indicadores advierten cómo el clima social se enferma, pero no siempre estamos atentos o capacitados para reconocerlos.
De lo que sí estamos convencidos, es de que, cuando el entramado social, la red de relaciones interpersonales está fundada en el respeto, la solidaridad y la conciencia de normas consensuadas de convivencia, es más difícil que los conflictos escalen a conductas violentas. Es por esto que aquellas instituciones que priorizan el clima de relaciones, planifican la convivencia que necesitan y logran una escuela emocionalmente inteligente, disminuyen o evitan la aparición de abusos y malos tratos. Frente a la terapia, la reeducación o la sanción, la prevención seguirá siendo más eficiente, conveniente, sencilla y económica.
Por: Alejandro Castro Santander

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