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lunes, 20 de septiembre de 2010

¿Formar Élites o Formar Ciudadanos?

Teresa es madre de seis hijos, todos matriculados en escuelas públicas. Ellos hacen lo mejor que pueden, combinando estudio y trabajo con admirable empeño, pero es Raymundo, el mayorcito, quien trae siempre las mejores notas del colegio. La educación que reciben es francamente mala, así es que Teresa no sabe si las buenas calificaciones de Raymundo reflejan lo mucho que aprendió o son producto del facilismo de un profesor indolente. Pero ella es responsable de la educación de sus hijos y sabe que está en sus manos hacer algo al respecto. Es así que un buen día, echando mano de sus ahorros, decide trasladar a Raymundo a un colegio privado de categoría, le compra una computadora, un escritorio, decenas de libros y hasta lo inscribe en clases de inglés. A sus cinco hijos restantes les dice que si se esfuerzan como su hermano, «más adelante» hará lo mismo por ellos. Teresa se siente orgullosa de esta decisión, pues cree que sus vecinos, que siempre la juzgan, van a empezar a admirarla y envidiarla por tener al menos un hijo prodigio.

Este parece haber sido el razonamiento torcido y falaz que ha llevado a invertir más de 300 millones de soles en reconstruir 21 Grandes Unidades Escolares en la ciudad de Lima, equipándolas con servicios e instalaciones diversas y con tecnología de punta. Dos de ellos, se ha anunciado hace poco, estrenarán incluso la jornada escolar completa, aumentando a nueve las horas de clases. Uno de los argumentos para justificar el privilegio de una inversión tan alta en un número tan reducido de escuelas, situadas además en sectores urbanos medios de la ciudad capital, es que el desarrollo del país requiere de élites altamente calificadas.

El actual gobierno de Chile se ha propuesto crear 50 Liceos de excelencia en todo su territorio, dirigidos a los alumnos más talentosos de cada región. Ahora bien, el debate de esta medida que propició recientemente un grupo de universidades chilenas, resulta sumamente ilustrativo para nosotros y no debiera pasar desapercibido. Una de las objeciones que allí se ha hecho, por ejemplo, es que la estrategia en que se basa esta iniciativa no consiste en elevar sustantivamente las capacidades formativas de los colegios, sino en escoger a los mejores. Esto de por sí va a mejorar resultados, al margen de la calidad de la educación que ofrezcan, y va a profundizar el carácter históricamente excluyente de la educación secundaria.

Una segunda objeción es que la salida de los mejores alumnos de sus colegios de origen va a afectar académica y emocionalmente al resto de sus compañeros. Está demostrado que los alumnos de mejor rendimiento pueden aportar mucho a la calidad de la experiencia educativa de todos. Sacarlos de allí es dejarlos no sólo descremados sino desmoralizados, induciendo de paso a los maestros a bajar sus niveles de exigencia en la enseñanza y la evaluación. La tercera objeción es que nada de lo que allí pudiera hacerse de bueno servirá para contagiar al resto de escuelas del país -como también han dicho nuestras autoridades- pues ninguna otra goza de los privilegios de estos súper colegios, ni tiene alumnos tan escogidos.

Miguel Saravia recordaba hace poco una estupenda cita de Luis Alberto Sánchez, evocando debates de inicios del siglo XX: «Los teóricos de la educación nacional se ha dividido en dos sectores: los que buscan formar élites humanistas y los que quieren formar élites técnicas. Al margen del debate han quedado los que propugnan formar ciudadanos». Justamente, los colegas chilenos cuestionan los colegios de excelencia pues pretenden convertir el rendimiento en un factor de privilegio y discriminación, perjudicando la equidad y la cohesión social, con graves consecuencias culturales en la formación de la ciudadanía. ¿Has escuchado Teresa?

Por: Luis Guerrero Ortiz



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