
Esto que les acabo de contar es uno de los episodios iniciales de la película «Cuba», estrenada en 1979, dirigida por Richard Lester y protagonizada nada menos que por Sean Connery, en el papel de Dapes. Un personaje que conocía perfectamente la diferencia entre los hechos y los relatos que se construyen sobre ellos, tanto como el enorme poder de las palabras para crear confianza o para destruirla. Estas eran distinciones, sin embargo, que los hombres de Batista, habituados a moverse dentro de lo cánones de la historia oficial, no sabían hacer ni lograban comprender. Y que, finalmente, les costó la guerra.
Jean François Lyotard, filósofo francés, dice que se han cumplido ya más de dos siglos de credulidad en un gran relato, ese que nos hablaba del poder de la razón para resolver los problemas de la humanidad y traer progreso a todas las sociedades del planeta. Los hechos dicen, sin embargo, que la ciencia evolucionó vertiginosamente, pero que, al mismo tiempo, los abismos sociales se hicieron cada vez más grandes. Y no obstante, nos han seguido contando la misma historia, es decir, que el desarrollo tecnológico será el motor de una economía próspera, cuyo crecimiento traería bienestar y progreso para todos.
El informe que otro francés notable, el educador Jacques Delors, preparó para la UNESCO en 1995, decía que el deslumbrante desarrollo del conocimiento ocurrido en la segunda mitad del siglo XX y su impacto favorable en el crecimiento y desarrollo de la economía mundial, no necesariamente había sido una oportunidad para toda la humanidad, pues la distancia entre los que más tienen y los que menos tienen se estaba haciendo todavía más grande.
Algo similar es lo que nos ha ocurrido aquí con el gran relato del desarrollo nacional, el que dice que las riquezas de nuestro territorio pertenecen a todos los peruanos y que atraer inversión privada en recursos como el petróleo, la minería o la madera, que abundan en los casi 800 mil kilómetros cuadrados de selva que hay en el Perú, traerá empleo, bienestar y desarrollo a las 1,500 comunidades indígenas que lo habitan y al conjunto de la sociedad peruana.
La historia del Perú que se enseña en las escuelas debería dejarnos bastante claro que esto jamás ocurrió y que, por el contrario, la extracción de recursos naturales trajo mucha riqueza a unos pocos, perjudicando a la población y a sus territorios, sin sacarla de la pobreza. El otro relato del desarrollo, que también se debería aprender en el colegio, es el que proviene de las tradiciones de los pueblos nativos de la selva, el que habla de agua limpia, bosques que renuevan nuestro aire y alimentos cultivados en tierra no contaminada. Ese que nos hace protagonistas y no espectadores pasivos de la deslumbrante tecnología de perforación petrolera.
Por: Luis Guerrero Ortiz.
En su sección Pluma y Oído
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